miércoles, 1 de julio de 2015

Una tarde cualquiera

La puerta se cerró tras Anastasia. Su cabeza simuló en distintas ocasiones ese sonido; retumbaba y retumbaba el sonido por muy poco que hubiera surgido efecto. El momento en el que se abrió, chirrió y punto. Pero para Anastasia, no. Para Anastasia siguió sonando aunque ella ya estuviese sola en la habitación; sola o eso creía. Las voces de su cabeza no la dejarían en paz, seguirían molestando, hablando y comentando maldades que, la chica rubia, estaba empezando a odiar. Sí, quería que callasen, que se fueran, que desaparecieran y así poder estar más a gusto.

Por si no había un ambiente siniestro en todo ello, la oscuridad se apoderó del lugar ya que, en aquella pequeña habitación, no había ventanas. Bueno, sí, pero su dimensión era ridícula. Y las camas que había –formando una litera- cerraban más el ocaso de claridad que podía emerger allí – Bien, Anastasia. No temas. Estás tú sola – susurró para el cuello de su camisa. Entonces, las voces de su cabeza empezaron a gritar ‘No estás sola, perra. Además hay alguien más en la habitación. Alguien que te va hacer pasarlo muy mal’. El carácter unísono de las voces era lo que le aterraba a Anastasia. Gritaban y gritaban pero lo más aterrador es que decían que no estaba sola.

Miró a derecha y no vio nada. Miró a izquierda y tampoco vio nada. Miró a la litera y tampoco encontró nada. ¿Se estaban riendo las voces de ella? ¿Acaso querían agobiarla? Lo estaban consiguiendo. La chica rubia se dio la vuelta y se encontró con la gruesa puerta de metal. Cerrada de par en par.  Volvió a su posición inicial y siguió sin ver nada; la oscuridad caía según ella iba realizando cada movimiento. Uh, su primera estancia en aquel sitio iba a ser más complicada de lo que pensaba; su primera noche en aquella tortura de lugar iba a ser acojonante.

Entonces lo escuchó. Escuchó como algo metálico –y a decir por el sonido tenía que ser una hoja pequeña- caía al suelo. Se asustó, claro que se asustó. Le daba miedo; nunca había lidiado con esas cosas. Joder, si hubiera estado en sus plenos cabales habría jurado que se estaba orinando encima - ¿Ha…hay alguien? – solo pudo decir eso, casi susurró. Pero nadie respondió. Sí, había alguien; el instrumento que se cayó delataba a cualquiera. ¿Pero quién era?

Aquello no tenía una buena señal, no y, por si fuera poco, las voces de Anastasia la volvían a alarmar. Aunque ya estaba tan alterada que no prestaba atención a lo que decían. La chica de los ojos azules subió sus manos hasta depositarlas en sus orejas. Tapó estas y gritó - ¡Dejadme en paz! Anastasia no os ha hecho nada – y tras decir aquello como un acto reflejo apareció la persona que estaba alertando a la chica. La respuesta de la rubia fue abrir la boca y formar una gran ‘O’. Estaba sorprendida de quien se trataba.

- ¿Lydia, eres tú? – y dicho esto, los ojos de Anastasia se tornaron en un negro intenso y ella cayó de rodillas. Estas le fallaron.

***

Lydia esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Lo que había hecho estaba saliendo como ella quería. Se colocó bien un mechón moreno que le caía por sus ojos verdes y miró la escena – Así estás bien – forzó otra sonrisa y se acercó a la persona que tenía frente a ella hasta quedar a escasos centímetros de su cara – Muy bien – acto seguido dio un beso en los labios a la joven muchacha rubia que colgaba de aquel ventanal.

- ¡Rápido, rápido! Algo ocurre en el pasillo E 125 – alertó un guardia de seguridad y todo se puso patas arriba. Una persona que, a decir por su vestimenta, era médico emergió de cualquier sitio; el menos pensado.

Miró a Lydia y su expresión fue de nerviosismo. Lydia, la chica tímida, lo había vuelto a hacer. Ya era la cuarta vez que hacía algo así, sin embargo, esta vez no le había rebanado el cuello a su víctima

***

El cuerpo de la joven Anastasia fue, rápidamente, sacado de aquel pasillo del psiquiátrico. Dos hombres lo hicieron, se lo llevaron fuera del lugar. Incluso lo sacaron del edificio. A Lydia también la obligaron salir para preguntarle, hacerle un interrogatorio. Pero Lydia parecía no estar por la labor.

- Lydia, por favor, mira a tu nueva compañera. Anastasia había  llegado hace dos días y ahora tú la has matado. Joder – Repitió el hombre más musculoso - ¿Por qué, Lydia? Ella estaba asustada y tú la has matado –

Lydia miró al cadáver de la chica rubia y no se lo pensó dos veces. Se puso al lado de la persona más musculosa y se llevó su mano al bolsillo. De ahí, lo siguiente fue visto y no visto. Lydia clavó el mismo objeto metálico –que había mostrado la primera tarde a Anastasia- a ese tipo. Y, como si fuera un milagro, Anastasia se levantó del suelo. Ella fue a por el otro tipo y en cuestión de segundos ambas los habían matado.

***


Lydia y Anastasia abandonaron el lugar. Se escaparon como pudieron. Pero al final consiguieron estar fuera de aquellas grandes verjas de metal. La chica rubia miró a la morena y le dedicó una sonrisa. No hizo falta decir nada más; ambas habían logrado lo que se propusieron; engañar a todos los de allí.


¿Próximo destino? Quizá algún lugar abandonado como un caserón muy grande. Lydia quería vengarse de un par de personas y, en esa ocasión, tenía una buena cómplice. Ella había estado urdiendo un plan; un juego que desquiciaría a esas personas.

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