jueves, 2 de julio de 2015

El poder de la lluvia

Cerró los ojos y contempló una paz que jamás le había resultado tan cegadora. Volvió a abrir los ojos y, una vez más, llevó la mirada hacia las gotas de lluvia que, incansablemente, pegaban contra el cristal. Estas parecían gritar y desear por entrar ¿A su casa? Sí, parecía que tenían miedo ‘¿De qué?’ se preguntó Gaia mientras llevaba las manos a sus rodillas, para bordear estas y así acariciarlas, haciéndose ella su propio nudo, como una bola de mantequilla o una pelota que estaría preparándose para un chute de cualquier futbolista.


- Caen, caen y vuelven a caer – canturreó la joven pequeña de diez años. Ya había visto llover mucho a lo largo de su vida pero, sin embargo, esa era la primera vez que la lluvia danzaba con un toque especial. Y era ese toque especial el que parecía susurrar cosas a la niña. La pequeña volvió a mirar hacia el cristal y suspiró sabiendo que la tormenta aún no había acabado y que, si por bien fuese, no acabaría en un par de horas – me gusta – susurró la niña plasmando sus dedos en el cristal. Parecía que quería atrapar cada una de las gotas, parecía que quería bailar con ellas un baile romántico o, simplemente, quería amarrarlas porque soñaba con un día próximo, un día en el que ella fuese la reina de la naturaleza, la madre de todas las plantas, la lluvia y la fauna.

Gaia fue desplazando su vista hasta llevarla a la pared blanca y se preguntó - ¿Si la lluvia pudiese entrar, qué haría? – A priori aquella pregunta parecía no tener sentido pero, dando y dando vueltas, comprendió que aquello que cuestionó podía dar para un gran debate. Sin pensarlo dos veces, la niñita pelirroja echó a andar hasta la planta inferior de su casa. Cuando llegó al hall principal abrió la puerta y salió a la calle. Como era de esperar, la chiquilla comenzó a mojarse – Yo tengo el don de manejar la lluvia – dijo misteriosamente mientras las gotas iban calándole poco a poco el vestido que llevaba – La naturaleza me habla y me susurra cosas. Yo puedo hacer con ella lo que quiera – claro estaba; tanto hablar y hablar despertó a la madre de la joven, de sus pensamientos, que a saber cuáles eran. En cuanto la mujer la vio, pensó lo que todas las madres en ese mismo momento, pero sus deseos de pensamientos se vieron interrumpidos por su cerebro y acabó gritando - ¡Gaia, entra en casa! – gritó esperando que su hija le hiciese caso.

Y, para asombro de la madre, cuando esta quiso salir fuera, al exterior, observó cuidadosamente como la lluvia dejaba de caer - ¡Gaia! – volvió a gritar la madre una vez más.


- ¿Has visto mamá? La lluvia ha parado. Soy la reina de la naturaleza – en la cara de la joven pecosa aparecía una sonrisa cegadora y triunfante. Ahora sí, Gaia, podía hacer lo que quisiera con el mundo; estaba a su fiel mandato.

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