martes, 28 de abril de 2015

El vals de la muerte


Sus lágrimas iban recorriendo cada centímetro del grueso papel hasta caer, de forma que desfilaban por las anillas del cuaderno y se perdían en un mundo exterior, un mundo que no era el suyo. Se sonó los mocos y, tembloroso, cogió la pluma que tenía y comenzó a escribir. Lo intentó pero vio que le fue impsible; se sonó una vez más los mocos y volvió a la carga, esta vez parecía ser la buena. Solo tenía que dar rienda suelta a su mente.



' Ahora que tú ya te has ido. Tengo tanto que quisiera haberte confesado. Tanto, tanto y tanto. El único problema que tuvimos fue el no tener una niña, una preciosa y dulce criatura. Un sol, el regalo más bonito del mundo, una pequeña copia de ti ¿Por qué prefiero hacerme daño habiendo tenido tan preciado y duro tesoro? Pues porque me recordaría a ti. A ti; sí, a tu olor a flores cuando regresabas del campo o, mejor aún, tu olor a hierbabuena que desprendías siempre que te ibas a dormir... '

Intentó e intentó volver a escribir pero no le salió nada. Simplemente un moco se le cayó a la hoja blanca, manchando esta y dejando un color indescriptible. Apenado, el hombre, volvió a rajar la hoja. Tiró esta a la papelera después de hacerla una gran bola. Intentó encestar esta pero, como no lo consiguió, pasó a la siguiente hoja de su cuaderno y continuó...



' Si no te hubieras ido podíamos haber bailado nuestro último vals. Quería decirte que... me gustaría bailar. Sí. Tú bailabas perfectamente; oh Dios. Si no te hubieras ido podíamos haber bailado.... te echo tanto de menos. Ojalá estuvieras aquí para bailar conmigo... '

Levantó la vista del cuaderno y, sonándose los mocos, miró el cuadro de su joven esposa fallecida. El cuadro parecía tener un brillo nunca visto en otro cuadro. El óleo transmitía calma y sosiego. Entonces, él, inhaló un gas desconocido de una bombona. Permaneció así durante dos o tres minutos hasta que supo que por fin podía apartarse de él. Cuando lo hizo, soltó la mascarilla que le ataba a esa bombona, sacó su reloj de bolsillo y miró la foto de la joven.

Su sonrisa se marcó y dejó de moquear cuando vio a Michet frente a él. La joven le sonreía y parecía darle la mano para invitarle a bailar un vals. El hombre, más que contento, se levantó de su asiento, dejó la pluma sobre el cuaderno y cedió la mano a la chica. Juntos, por última vez - o primera - estaban bailando el vals de la muerte...


FIN.

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