domingo, 15 de febrero de 2015

Charlotte



- Jeff, te quiero mucho - la llamada se cortó cuando Charlotte decidió colgar el teléfono, cerrar este y apartarlo de su vista. La chica tenía más de treinta años, una melena roja como el fuego y, sin quererlo, estaba sola en esta vida. Tenía familia pero esta no se preocupaba por la joven. No tenía pareja pero sí amigos y, en lugar de vivir sola en su casa, había adoptado dos gatos, uno de ellos con los ojos azules y con problemas bastante graves de oído.

El tal Jeff, al otro lado de la comunicación, se llevó el porro, que hasta entonces estaba fumando, a la boca y volvió a fumar, expulsando el aire - Sí, es la pesada de Charlotte, joder -miró a Alessa y entornó su sonrisa, dándole en ese momento el porro a ella.

- Pásame el porro anda.. - cuando él lo hizo, ella siguió hablando - ¿Pero.... tú estas enamorado de ella? - continuó antes de abalanzarse sobre él, sin importarle si le vertía la litrona que él llevaba en la otra mano, y besarle.

- ¿Yo? Qué va, esa es una jodida huesuda que una vez fingí estar enamorado de ella, pero, nada.... ¿Quién podría llegar a querer a semejante moscorrofio? - después del beso con Alessa se empezó a reir y la chica se contagió rápidamente de dicha mueca - Cuando teníamos diez o doce años, no recuerdo bien... pásamelo anda - y la morena le pasó el porro. Este dio una calada y se quedó mirando a la chica - además, tu estás más buena que esos huesos -

***

Charlotte dio varios pasos por la casa, apagando las luces que encontraba a su paso - Buenas noches, Minzzy, Terry - le sonrió a los gatos y apagó la luz del lugar en donde dormían estas dos preciosidades - Ay...- Suspiró la pelirroja. Aquel día era un día de mierda, bueno, mejor dicho, su vida era una vida de mierda. Pero concrétamente, como aquel día no había ido a trabajar, se quedó sola en casa, sin hacer nada, sin recibir la llamada de Jeff o alguien cercano, no. Caminó hasta llegar a su habitación. Cuando entró en ella, se cambió rápidamente de ropa poniéndose el pijama rosa que tanto le gustaba - Qué mierda - miró de nuevo a su cama y una sonrisa se deslizó por sus labios. Fue, de nuevo, a ver a sus gatos, encendió la luz en el lugar - Hoy vais a dormir conmigo - les dedicó una sonrisa a los dos gatos y se hizo con ellos hasta llevarlos a su habitación. 


Ya con todo apagado, cerró la puerta de su habitación, encendió las luces y dejó que los gatos corretearan por todo el dormitorio de la chica - Ahora sí, buenas noches - se metió en la cama y dejó la luz encendida. Así al menos sentiría compañía de alguien, de esos dos animalitos que habían caído del cielo - Como os quiero - besó a los dos gatos; primero a uno y después a otro, naturalmente. 

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